La Fundació Baleària y Els Magazinos organizan la primera muestra del consagrado artista. Podrá visitarse del 31 de julio al 31 de agosto en El Taller Turia.

«Y, aun así, detrás todo aquello está el dibujo o, como diría Picasso, el arma del dibujo. Me viene ahora al pensamiento una exposición en la desaparecida galería Leonarte, dedicada a las coliflores (las “armencols”, ironizaba el pintor). Aquellas coles cosechadas en los campos de la Ribera eran un prodigio, por la textura y sutilidad, por el hiperrealismo que nos remitía de golpe al cosmos del gran Sánchez Cotán. Cada col era un mundo, un universo de matices, un tipo de cerebro en disección, con aquel crecimiento fractal, sutil e infinito. A veces, sobre algunos de aquellos cuadros también aplicaba su técnica de los colores y daba a la proletaria coliflor un tratamiento propio, un filtro Armengol.

En realidad, Rafael Armengol tiene una capacidad especial para fijar estos productos de la huerta: da igual que sea un plato de tomates (aquellos tomates perfectos que hace cada año su vecino, el tio Adelio) o las olivas de los olivos de su jardín (las celebradas “armengolives”). Al final de los años setenta terminó unas series pictóricas sobre la huerta, con un claro contenido reivindicativo y ecologista, donde su gran capacidad para el dibujo de nuevo quedaba reflejada. En especial, resultaban prodigiosos sus óleos sobre las pencas, cómo conseguía reproducir aquella ensambladura sutil de las hojas, aquella filigrana vegetal.»

El pintor valenciano Rafael Armengol (Benimodo, 1940), a lo largo de su dilatada trayectoria, ha desarrollado un lenguaje propio, muy característico, un cuño pictórico que lo representa. Hace cincuenta años, cuando inició su investigación artística sobre la naturaleza del color, fijó las bases de su investigación pictórica, que se podrían resumir en tres puntos básicos: la investigación alrededor de cómo la imagen es reproducida a los distintos sistemas mecánicos de los medios de comunicación; la contraposición a estos elementos contextuales de imágenes de la iconografía clásica (extraídas de la obra de pintores como Botticelli, Mantegna, Ghirlandaio, Van der Weyden y Giorgione, entre otros), para provocar la atención e incrementar la carga expresiva; y, finalmente, el análisis de la naturaleza de los colores puros; esto es, aquellos que se originan cuando la luz blanca atraviesa un prisma y da lugar a toda la gama cromática del arco iris.

De este modo, trabajando el color, Armengol ha dado salida en su preocupación para crear una obra vinculada a su tiempo y a la vez mantener un diálogo permanente con la pintura clásica, con una relectura desde la óptica actual. Todo esto ha hecho que sus trabajos tengan una dimensión especial, no solo por la sorprendente y original manera de plasmarlos, sino también por el contenido metafórico, sugerente, que provoca al espectador.

 

Martí Domínguez

Universitat de València

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