¿A qué sabe un recuerdo?

A lo que daba la tierra a nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos.
A los de tantos y tantos agricultores que ahora llenan nuestras mesas de este manjar
colorado.

Como el cor de bou, dulce y jugoso. El rosa, tan cotizado. El de penjoll, que
antiguamente se colgaba en el riurau o en la naia porque aguantaba todo el
invierno. El valenciano, que es productivo y viene pronto. O la variedad ginera, de
secano, como se cultivaba hace tiempo.

Dicen que hay tomates tan feos que son bonitos. El tomate es como ese primer amor del verano: tan imperfecto, tan efímero, tan anhelado. El tomate huele a esas pocas cosas que aún quedan de verdad.

Xavier los clasifica bajo el llironer en las horas más cálidas del día, mientras nos
cuenta que es lo que desayunaba cuando era niño. Él dejó la ciudad y su trabajo para
volver a su pueblo, al campo. Muy cerca, a los pies del Montgó, en Jesús Pobre,
Vicent tiene 400 tomateras. Su padre siempre ha sido agricultor y ahora él no se
imagina una huerta (ni una vida) sin tomates.

Dice Kiko que hay un tomate perfecto para cada momento. Y que cortarlo es un arte.
Algunos crujen, otros son mantequilla. Eloísa y él, que cambiaron de vida por los
tomates en plena crisis, ahora hablan a sus plantas para que tengan sabor a
recuerdos.

Joan prueba con diferentes variedades autóctonas cada año, de las que se enamora
con rapidez. Y les pone el nombre de la persona que le ha regalado la semilla. Es la
planta a la que dedica más tiempo. Un tomate dura poco en la boca, pero tarda más de 50 días en crearse. ¿Sus favoritos? Los tomates verdes fritos, como los hacía su
abuelo.

Toni cultiva en sus bancales de Benissa los tomates de la variedad ginera sin una
gota de agua, como se hacía antes. Sus semillas han ido pasando de generación en
generación durante más de 200 años y para él, son como sus hijas. Su pasión por el
tomate hace que trabajar de sol a sol sea un regalo de la vida.

Cada verano tiene su historia de amor. Y la nuestra es el tomate. El Concurso de La
Millor Tomaca de La Marina es un homenaje a los hombres y mujeres del campo, porque sin ellos no tendríamos raíces. Porque el tomate es hijo del sol del Mediterráneo y sabe a lo que somos, a nuestro origen, a fruto de nuestra tierra.

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